El signo de la guerra
La Guerra del Chaco
Pocos hechos históricos calaron tan hondo en la conciencia nacional como la Guerra del Chaco. Después de ella, la sociedad boliviana no volvió a ser la misma: se confrontó a sí misma y reconoció las profundas diferencias entre las clases dominantes y las clases subalternas, diferencias que no habían podido ser superadas desde la Colonia.
Música durante la campaña
La música no fue ajena a este despertar social y político. A partir de la Guerra del Chaco surgieron un sinfín de expresiones musicales criollo-mestizas que –en un principio gradualmente y luego con mayor insistencia- se hicieron oír en las radios del país. El Chaco fue el escenario ideal para la creación de un gran número de cuecas que fueron compuestas durante la campaña. Los ejemplos más notables fueron quizás Destacamento 111 de Miguel Ángel Valda e Infierno verde de Alberto Ruiz Lavadenz. Pero también se compusieron bailecitos y huayños.
Antonio Montes Calderón
Y entre las extrañas formas que tiene la música popular de aparecer con los rótulos de otras culturas, aparece la genial creación del “fox trot andino” de Antonio Montes Calderón: Boquerón abandonado*. Esta obra es quizás la más ilustrativa del sentimiento de desesperanza que vivió el soldado boliviano en los alejados fortines durante la contienda. Su tonada triste y melancólica, sumada a un texto que denuncia el abandono y la ineficiencia de los mandos, nos transporta hoy a un universo de dolor que solo una guerra puede construir.
Adrián Patiño
Al término del conflicto surgió la figura de un músico militar de extraordinaria importancia. Formado como músico académico en el Conservatorio Nacional de Música, Adrián Patiño Carpio se dedicó a la música de banda desde 1926, cuando ingresó al Ejército. Su carrera fue rápidamente en ascenso, hasta ejercer la dirección general de las bandas militares del país entre en los periodos de 1929-32 y 1939-1944. Una de sus obras más representativas es el fox-trot Kunuskiu (Nevando está)*.












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